La sociedad civil europea y la democratización en Cuba: una cooperación entre ciudadanos

Este texto se presentó en la conferencia Democracia, desarrollo y sociedad civil en Cuba en Madrid 10 – 11 de diciembre del 2003. El seminario se organizó por la Asociación Cultural Con Cuba en la Distancia. Los textos presentados en la conferencia se publicaron en el libro ”Democracia, desarrollo y sociedad civil en Cuba. La Unión Europea frente al problema cubano”, editado por Grace Giselle Piney Roche (Aduana vieja, 2004). ISBN: 978-84-933455-3-2.

La version Sueca del articúlo esta aqui.

 

La sociedad civil europea y la democratización en Cuba: una cooperación entre ciudadanos

El respaldo europeo al proceso de democratización de Cuba puede materializarse a través de dos estrategias principales.

La primera de ellas se centra directamente en la élite gobernante de los partidos, parlamentos y ejecutivos nacionales para que condenen sin paliativos la represión y exijan reformas democráticas en todos los tipos de acuerdos que establezcan con el gobierno cubano. Se trata de una estrategia fundamental, que garantiza que nuestros gobiernos no se plieguen ante la dictadura, como ahora mismo ocurre, por ejemplo, con el gobierno chino. Las condenas claras impiden también que el gobierno cubano pueda hacer valor su apoyo internacional. El hecho de que los cubanos tengan conocimiento de la posición europea supone también un apoyo moral a sus propias reivindicaciones democráticas.

El problema de esta estrategia es que la superficie de contacto entre Europa y Cuba sigue siendo reducida y enconada, y que la gran mayoría de los ciudadanos tanto europeos como cubanos se ven excluidos del proceso de reforma democrática.

La otra estrategia, en la que se concentra este texto, tiene su fundamento en los ciudadanos europeos de hoy en día y en cuál puede ser nuestra contribución al empeño democratizador en Cuba.[1]

En mi opinión, el objetivo primario del esfuerzo europeo por una Cuba democrática ha de traducirse en conseguir que el mayor número posible de ciudadanos y organizaciones europeas muestren su apoyo a las demandas políticas de los activistas cubanos que luchan por la democratización del país. El impulso reformista sólo puede nacer de dentro de la propia Cuba. Nuestra fuerza no reside en la dureza de nuestros manifiestos, sino en cuántas personas somos, en nuestro grado de conocimiento del movimiento prodemocrático y en cómo respaldamos sus actividades.

¿Cuáles han de ser las condiciones para un amplio apoyo europeo al proceso de democratización de Cuba?

Cuando el primer ministro sueco, Göran Persson, se disponía a designar en septiembre de este año a un nuevo ministro de Asuntos Exteriores en sustitución de Anna Lindh -que, por cierto, fue la primera ministra de Exteriores de la socialdemocracia sueca que apoyó claramente al movimiento prodemocrático cubano- explicó que uno de los criterios de selección era que a la persona en cuestión se le diera bien los idiomas y que fuera un buen negociador, ya que en las deliberaciones del Consejo sólo participan los ministros. Es decir, en las decisiones que adopta el Consejo de ministros, los ciudadanos suecos y los del resto de la Unión sólo estamos representados por una persona. Además, muy pocas veces podemos saber qué han votado o cómo han argumentado los ministros respectivos. Depositar nuestra confianza en una actuación firme del Consejo de ministros en pro del movimiento prodemocrático cubano es relativamente infructuoso, ya que no nos es posible calibrar el resultado.

También existen razones de carácter diplomático que explican las dificultades que experimentan los gobiernos europeos a la hora de actuar. El principio de Derecho Internacional de no injerencia de un estado en los asuntos internos de otro está muy presente en todos los gabinetes de Asuntos Exteriores. Por eso, incluso una Unión Europea posicionada claramente a favor del proceso democratizador vería limitada su capacidad de acción en la práctica. La posición europea después de la ola de arrestos de la pasada primavera, que es la más progresiva de todas las que ha mantenido, incluía el compromiso de que las embajadas de los estados miembros invitarían en el futuro a los disidentes con ocasión de la conmemoración de sus respectivos días nacionales. Esto significa, actualmente, 15 invitaciones al año; en pocos años podría llegar a 27. No podemos dejar de considerar todo ello como una iniciativa insignificante, en comparación a lo se podría hacer.

Si realmente queremos dar un empuje decisivo a nuestros esfuerzos, es necesario que seamos nosotros, los ciudadanos -en vez de los gobiernos- de la Unión Europea, los que tomemos las riendas. Nosotros no hemos firmado ningún convenio de no intervención y no necesitamos permisos para comprometernos en la defensa de los derechos de otras personas.

La descripción realizada por Göran Persson sobre el proceso de toma de decisiones en el Consejo de ministros es un claro ejemplo de que también los políticos europeos excluyen del poder de manera activa a los ciudadanos. A tenor de esto, no ha de resultarnos extraño que la confianza en las instituciones políticas comunitarias se vea continuamente mermada en los estados miembros. El sociólogo alemán Ulrich Beck, que ha dedicado muchos años al estudio y descripción de los cambios en las pautas de implicación política de los europeos, plantea en su ensayo ”Freedom’s Children” la siguiente pregunta: ”¿Somos una sociedad de egoístas?”[2]. Esta pregunta deriva del distanciamiento de los ciudadanos en relación a las instituciones que han erigido los estados del bienestar europeos, así como de los partidos políticos, sindicatos, iglesias y movimientos populares.

La respuesta de Beck es un no rotundo, a diferencia de la generación de padres que interpreta el poco interés de los hijos como una falta de solidaridad y una amenaza contra la democracia. Ese distanciamiento es sobre todo y ante todo de carácter político. Los Freedom´s children han encontrado el sentido de la vida en algo que la generación anterior considera una contradicción: la realización de sus personas en la atención y consideración de la situación de los demás. El individualismo y la solidaridad son mutuamente dependientes. Nunca la solidaridad ha estado tan presente dentro de la sociedad, afirma Beck. Los jóvenes han mamado democracia y libertad con la leche materna.

Muy al contrario, la amenaza contra la democracia dentro de la Unión Europea y la razón del desinterés de los jóvenes por la política tradicional es la hipocresía de la generación de sus padres, que no están a la altura de sus propios ideales. Y hay pocos ejemplos mejores que la política europea respecto a Cuba en los últimos 44 años. Que no se haya pedido cuentas de ello realmente a los políticos europeos se debe a que el principal polo opuesto a la política europea es Estados Unidos, cuyo apoyo a regímenes autoritarios como el de Arabia Saudí, Egipto, los talibanes en los años 90, Iraq en los 80, los regímenes militares sudamericanos en los años 70, Pakistán y las dictaduras de Asia Central de ahora, han socavado la confianza en su argumentación a favor de la democracia en Cuba. Pero, ¿por qué motivo hemos de limitarnos a esa polaridad del pasado? A mi juicio, la única línea argumental que funciona con los jóvenes europeos es la siguiente: ”Independientemente de la política norteamericana y europea con respecto a Cuba, la lucha de los cubanos en pro de la democracia merece nuestro total apoyo”.

Considero que otra de las razones por la que los jóvenes han dado la espalda a las instituciones tradicionales es que la principal función de éstas, en la actualidad, es la gestión de una sociedad que se siente ya completada. La razón de ser de partidos, sindicatos y movimientos populares no es lograr cambios. No cuentan con enemigos o causas bien definidas, sino que actúan únicamente con el fin de afianzar sus posiciones en el meollo político que gobierna Europa.

Después de la retirada de Vaclav Havel hay también un gran déficit de modelos a seguir en el mundo de la política europea. ¿Qué se puede admirar de Aznar, Blair, Schröder o Persson? ¿Están realmente a la altura de sus ideales? ¿Cuentan con una visión de futuro? Lo dudo mucho. Su principal cualidad es su habilidad para desempeñar el poder.

Por ello, nombres como Nelson Mandela, Aung San Suu Kyi, José Ignazio ”Lula” da Silva y Vaclav Havel ejercen una fuerza de atracción tan considerable en Europa, y lo seguirán haciendo en el futuro. Son personas que se han atrevido a dar una visión de una sociedad radicalmente diferente, y que han apostado todo por hacerla realidad. La diferencia con Gisela Delgado, Claudia Márquez Linares, Raúl Rivero, Oswaldo Payá, Beatriz del Carmen Pedroso, Gerardo Sánchez, Manuel Cuesta Morúa, Martha Beatriz Roque, Héctor Palacios, Fernando Sánchez López y compañía es que la ocasión histórica de éstos aún no se ha presentado.

En otras palabras, existe una enorme necesidad tanto de modelos a seguir como de luchas a emprender, por nuestro bien como europeos y para que los valores sagrados de la libertad y la justicia estén presentes en la política europea. Y es, precisamente, esa necesidad la que puede explotarse en beneficio de Cuba. Lo más maravilloso de la democracia es que los europeos, a diferencia de los cubanos, no necesitamos apostar todo lo que tenemos. Es suficiente con que invirtamos los esfuerzos que queramos o podamos, lo cual pienso que ya es bastante.

En los últimos diez años, miles de jóvenes suecos de ideología de izquierdas han viajado a Cuba para estudiar español, bailar salsa, tocar música o encontrar argumentos en la lucha contra el ”imperialismo yanqui”. La mayoría de ellos han vuelto felices a casa porque les encanta Cuba, pero frustrados porque han perdido una ilusión y tampoco han visto que haya una solución posible. ”Las cosas van en la dirección equivocada, y cuando todo se colapse los capitalistas norteamericanos se harán con el poder y entonces seguro que no les irá mejor”, argumentan muchos de ellos. La desconfianza en Estados Unidos se une a la confusión que genera el apoyo de la izquierda sueca al gobierno opresor de Cuba.

Por el contrario, aquellas personas que han estado en contacto con Cuba Nuestra o Silc antes de viajar al país, y que se han llevado con ellos un paquete de libros para alguna biblioteca independiente, cien dólares para un periodista independiente en pago por algunos artículos, un fajo de ”Cuba Nuestra” para un grupo de activistas políticos o simplemente han compartido un café con Miriam Leiva o Adolfo Fernández Sainz, han regresado con una idea completamente diferente. Ellos han visto la luz y han comprendido que hay esperanza. Lo que se preguntan es: ”¿Qué podemos hacer para ayudar?”. Es precisamente ese sentimiento en el que se debe concentrar el empeño europeo en pro de una Cuba libre. Es necesario que más personas vean la luz en Cuba.

¿Cómo se puede hacer realidad esa potencial implicación a favor de la democracia en Cuba?

El desafío consiste en presentar los esfuerzos del movimiento prodemocrático como una posibilidad para los jóvenes europeos de canalizar su anhelo por ayudar, una opción para realizarse mediante la solidaridad verdadera con personas claramente desprotegidas.

El año pasado, los 3.000 afiliados de la Juventud Liberal de Suecia (Liberala ungdomsförbundet, LUF) se propusieron como principal objetivo la lucha por la democracia en las dictaduras del mundo. Durante este año se ha elaborado una campaña a favor de la democracia en Cuba, Marruecos, Irán, Singapur y Bielorrusia. La campaña, que tiene como escenario todos los institutos de secundaria de Suecia, presta especial atención a la lucha por el cambio que sostienen diversos activistas prodemocráticos.

Estos países no son ni las peores dictaduras ni los más interesantes desde el punto de vista político. La elección se ha realizado a partir del incansable compromiso de un conjunto de jóvenes políticos por amigos y conocidos que defienden la causa democrática en los países mencionados. Su implicación se ha afianzado considerablemente cuando han tenido la ocasión de llamar a la puerta de los activistas en carne y hueso. En política, la implicación personal es siempre más importante que la planificación estratégica.

Pero el apoyo a los activistas prodemocráticos de Cuba y Bielorrusia también es necesario para legitimar la organización y el trabajo de la Juventud Liberal de Suecia y del Silc. Precisamos de los esfuerzos democratizadores de los cubanos para dar sentido a nuestro compromiso. Alexis Gainza suele decir que uno de los objetivos de su labor es contagiar a los suecos con el virus de Cuba. No cabe duda de que él y el resto de los integrantes de Cuba Nuestra lo han conseguido.

En los últimos cinco años, el trabajo del Silc en la isla se ha plasmado fundamentalmente en intercambios entre políticos y periodistas del movimiento prodemocrático con colegas suecos y europeos. En los próximos años tenemos la intención de organizar encuentros similares entre bibliotecarios. El año que viene también vamos a ampliar los contactos entre las secciones locales del Partido Liberal de Suecia y el movimiento prodemocrático en diversas localidades de Cuba. Ya existe actualmente una colaboración entre la sección de Upsala del Partido Liberal de Suecia y el Partido Liberal Democrático de Cuba en Santa Clara. También hemos iniciado una colecta a beneficio de los presos políticos. En este programa se integran una docena de familias de demócratas encarcelados, que recibirán una ayuda mensual de unos 30 dólares al mes de forma continuada.

Todos los proyectos son fruto de la masa crítica generada por una serie de personas comprometidas con esta labor. A fin de lograr dicha masa crítica en otros paises se debe ofrecer a los activistas regulares, turistas y estudiantes una serie de iniciativas concretas de participación.

Obviamente, hemos de considerar como un resultado satisfactorio haber logrado enviar unos mil libros y revistas a diferentes personas del movimiento por la democracia en el espacio de un par de años. Pero lo importante no es el hecho en sí unicamente, sino también la manera en que se ha llevado a cabo. Los turistas que llevan diez ejemplares de Cuba Nuestra a la biblioteca de Gisela Delgado probablemente hablarán sobre las playas de La Habana cuando vuelvan a casa, pero también, con toda seguridad, de una fantástica activista con una biblioteca independiente, cuyo estante reservado a los libros sobre derechos humanos se encuentra vacío y cuyo esposo está en la cárcel después de una redada de la policía.

Un elemento fundamental de la campaña en pro de la democracia organizada por las Juventudes Liberales de Suecia es precisamente el concepto de ”turismo democrático”. Consiste en ofrecer a los jóvenes suecos que se disponen a explorar el mundo para hacer realidad sus viajes soñados la posibilidad de aportar algo positivo a los países que visitan como, por ejemplo, participar en manifestaciones en fechas importantes en Bielorrusia o llevar libros para las bibliotecas independientes en Cuba. La contribución al empeño democratizador genera una implicación que puede recuperarse tras el regreso a casa de los turistas.

Otra forma de generar este compromiso podría ser mediante la concesión de becas a estudiantes que deseen realizar sus trabajos universitarios acerca del movimiento prodemocrático. Tal vez ni siquiera haga falta financiación, sino sólo una información adecuada en las universidades para aquellas personas que estén interesadas.

Una de las principales organizaciones suecas de cooperación al desarrollo suele organizar viajes de contacto a diversos países al objeto de estimular la colaboración entre pequeñas organizaciones suecas y organizaciones locales. Ello podría también realizarse en Cuba y no debería ser difícil financiarlo con fondos de cooperación comunitarios. El verdadero reto consiste en convencer a la gente y las organizaciones de que es posible cooperar.

Aparte del compromiso de personas específicas, el debate político en sí sobre Cuba genera dinamismo en el trabajo. En el pasado, los gobiernos socialdemócratas suecos apoyaban al régimen cubano. A pesar de que la situación no ha cambiado en Cuba, hoy en día respaldan de forma decidida el movimiento prodemocrático. Esta hipocresía se convierte en un factor favorable cuando se emplea como combustible para el debate.

Un elemento importante para nosotros, las organizaciones europeas, es por supuesto aliarnos con los cubanos que viven en Europa. A fin de cuentas nuestro trabajo consiste en la defensa de los derechos humanos de los ciudadanos de la República de Cuba. Sin embargo, son muchos los europeos que asocian los exiliados cubanos con la extrema derecha u otras descripciones no muy favorables. En un lúcido artículo aparecido en Cuba Nuestra, que posteriormente daría origen a una moción del Partido Liberal en el parlamento sueco, Alexis Gainza señalaba que ni en la nueva posición de la Unión Europea en relación a Cuba, ni en la política sueca sobre Cuba ni en ninguno de los documentos políticos fundamentales en favor de la democratización de Cuba, se mencionaba en algún momento a los cubanos que viven en Europa, o al modo en que éstos podrían contribuir al proceso democratizador. Ello es un ejemplo palmario de los prejuicios existentes que debemos combatir. Pero también es una prueba de que muchos cubanos residentes en Europa no han sido suficientemente integrados en la política del continente. Pese a todo, no hay razón alguna para buscar chivos expiatorios. Lo esencial es que una nueva generación de europeos que no tienen culpa de nada aguarda impacientes su misión. Y para que sepan como contribuir necesitan ser guiados por los cubanos en el continente.

La estrategia tal vez más importante para conseguir el mayor número posible de adeptos a la causa es resaltar la transparencia de las actividades del movimiento prodemocrático, y que la cooperación no perjudica a los disidentes. Desde el primer día que llegué a Cuba todos los defensores de la democracia me han dicho lo mismo: ”Nuestra seguridad no es cosa tuya. No son ustedes los que nos meten en la cárcel. Queremos relaciones transparentes y un claro apoyo político. Eso nos hace sentir mas seguros. Llama a la puerta y telefonea cuando quieras”.

La política del Silc es no colaborar con aquellas personas que no se atrevan a actuar de forma totalmente transparente. No somos una organización de espionaje y no podemos exigir a nuestros activistas que se responsabilicen de la seguridad de otras personas. Si pretendemos lograr un amplio apoyo, éste también debe ser fácil de realizar.

De la misma manera que cada nueva persona que firma el proyecto Varela contribuye a reducir el riesgo que corren los que ya lo han hecho, el respaldo europeo será tanto más firme y seguro cuantas más personas participen. Las embajadas, partidos políticos y organizaciones que no se atreven a mostrar abiertamente su apoyo escudándose en la seguridad de los activistas cubanos, lo que hacen probablemente es proteger sus propios intereses.

La transparencia es también el método más efectivo contra los infiltrados del gobierno cubano. Varios de los ”agentes” que fueron presentados en los juicios contra los activistas prodemocráticos de la pasada primavera habían participado en proyectos del Silc. A algunos de ellos los conozco personalmente. No sé si ocasionaron algún daño, pero de lo que sí estoy seguro es de que no hubiéramos logrado nada en el caso de haber prestado oídos a todas las acusaciones que nos llegaban sobre si éste o el otro eran agentes. No hubiéramos tenido a nadie con quien colaborar. Si se mantiene una amplia superficie de contacto con el movimiento prodemocrático y se construyen las relaciones de forma que no puedan verse afectadas por información secreta, el daño que puede infligir el cuerpo de seguridad del estado es mínimo. ¿Qué podrían desvelar? Algo que dejó patente los procesos judiciales de la primavera pasada es que no se necesitan pruebas para meter en la cárcel a los activistas prodemocráticos.

Considero que en líneas generales el movimiento prodemocrático de Cuba opera con una gran transparencia y que lo más adecuado es que nosotros en Europa hagamos como ellos, ya que si exigiéramos a las organizaciones cubanas que nuestro apoyo no fuera hecho público contribuiríamos con ello a situarlos en la clandestinidad conspiratoria. Ello impediría confiar en la gente y resultaría imposible cambiar la sociedad. Los cambios sociales sólo pueden llevarse a cabo en un entono donde las personas puedan hablar con franqueza y establecer lazos basados en la confianza.

A modo de conclusión quisiera señalar que el compromiso de los liberales suecos y de Cuba Nuestra por una Cuba democrática no sólo ha originado una red amplia de amistades entre ciudadanos cubanos y suecos, sino que también ha ejercido una importante influencia a nivel político debido, justamente, a la mencionada red de amistades. Cuando 3 000 jóvenes demuestran que los principios democráticos es lo más importante y disponen de conocimiento y contactos para hacer política, son pocos los responsables políticos que se nieguen a escuchar.

  • Fue precisamente nuestro conocimiento y contactos el que llevó a la eurodiputada liberal Cecilia Malmström a visitar varias organizaciones prodemocráticas en Cuba y a que posteriormente presentara la candidatura de Oswaldo Payá al Premio Sajarov que concede el Parlamento Europeo. Su contribución fue también decisiva para que la mayoría de la Eurocámara votara a favor.
  • Ese mismo compromiso de los liberales fue el que llevó a 46 diputados de los siete partidos representados en el parlamento sueco a protestar conjuntamente ante las autoridades cubanas incluso antes de que finalizara la ola de arrestos de la pasada primavera.
  • En un debate en la cámara sueca con el parlamentario liberal Erik Ullenhag, el anterior viceministro de Asuntos Exteriores de Suecia, del Partido Socialdemócrata, que es el máximo responsable en el ámbito de cooperación al desarrollo del país, declaró que el respaldo al movimiento prodemocrático cubano era igual de urgente que, en el pasado, el apoyo a la lucha contra el apartheid en Sudáfrica, y hay que recordar que Suecia fue uno de los principales financiadores del Congreso Nacional Africano. No obstante, el cambio de posición es tanto más radical si se tiene en cuenta que Olof Palme fue el primer jefe de gobierno elegido democráticamente que fue a visitar a Fidel Castro, y que Cuba fue uno de los principales receptores de la ayuda sueca durante los gobiernos socialdemócratas de los años 70.
  • Hace tres semanas, la recientemente nombrada ministra de cooperación declaró en el curso de un debate parlamentario, también con liberales que, durante su anterior cargo como jefa de cooperación en el Centro Internacional Olof Palme, mantuvo una excelente relación con el Silc en relación a la política con Cuba, y que tenían opiniones en gran parte coincidentes en cuanto a la estrategia de colaboración con la oposición.

Mi valoración es que dentro de las organizaciones juveniles europeas existe un importante compromiso político que puede canalizarse en el proceso democratizador de Cuba si nos dirigimos a ellas de forma directa y les mostramos cómo pueden contribuir decisivamente a ello de forma sencilla y concreta.

Muchos jóvenes disponen de tiempo, creen todavía apasionadamente en sus ideales, no tienen ningún prestigio que perder y necesitan una lucha que librar. Ahora bien, nunca accederemos a ellos convenciendo a la élite política, ya que de hacer así, la batalla dejaría de ser de los jóvenes.

La colaboración continuada y a pequeña escala entre los ciudadanos de Cuba y de Europa es lo que a largo plazo rendirá sus frutos. Rehabilita nuestra condición de ciudadanos europeos de la misma manera que el movimiento prodemocrático lucha por rehabilitar la ciudadanía cubana. A la larga, el encuentro entre esas dos ciudadanías resultará explosivo.

——– 
[1] Las ideas contenidas en este artículo son fruto de un entorno político muy creativo alrededor de las Juventudes Liberales de Suecia, el Comité Escandinavo para la Concesión del Premio Nobel a Payá, el Silc y la revista ”Cuba Nuestra”, con base en Estocolmo pero no por ello menos cubana. Si lo anterior no se desprende del presente artículo, habrá que culpar de ello al autor.

[2] Ulrich Beck, Democracy Without Enemies (Polity Press, Cambridge: 1998)

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